Pasaron un par de días,
María continuó releyendo el libro de la Ley, y pensó en Rebeca, y
dijo cuando vea a mis amigos les hablaré de ella seguro que les
sorprenderá, después del trabajo y ya al atardecer, se envolvió en
su manto y salió al ágora.
Había un pequeño grupo
de los amigos de Jesús que empezaban a tener dificultades, decían
que Jesús había resucitado y continuaban con la obra de su Maestro,
era algo que los escribas, fariseos, saduceos, sacerdotes del Templo,
el rey y los romanos no podían creer, pensaron que una vez muerto
Jesús, se acabaría todo, pero aquello era desconcertante y
empezaron a perseguir a ese pequeño grupo, como al mismo Jesús.
Algunos de los amigos de
María pertenecían a ese grupo y a veces no salían al ágora, no
por miedo, sino por prudencia.
Cuando María llegó al
ágora, se acercó a ella un soldado romano y le preguntó.
Soldado romano. - Ave, ¿Tú
eres María?
María. - Ave, si yo soy.
Soldado romano. - Estamos
buscando a Timoteo ¿Sabes donde está?
María. - No, no lo sé.
En ese momento llegaba
Abigail y María la apartó y le dijo
María. - Estará a punto
de llegar Timoteo, sal a su encuentro y dile que no venga, date
prisa.
Abigail. - Así lo haré.
Abigail vio al soldado
romano y enseguida se dio cuenta, corrió y se encontró a Timoteo.
Timoteo. -Shalom. ¿María
no está en el ágora?
Abigail. -Shalom, ella me
envía para decirte que hoy no vallas.
Así fue como Timoteo se
fue a casa de su amigo Yago y mas tarde María comunicaría a todos
que hablaría de Rebeca, no en el ágora pero si en el jardín de su
casa.
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