Pasaron unos días, María
estaba muy ocupada cardando la lana de los corderos y de las ovejas
que habían trasquilado, tomándose un descanso, salió al ágora,
pues echaba de menos a sus amigos, así que cuando llegó y los
encontró, se saludaron y empezaron todos a hablar, entonces María
tomó la palabra.
María. - Hemos de
continuar con otras historias. ¿Que os parece?
Todos asintieron.
Abigail. - ¿De quien nos
vas a hablar?
María. -Pues de dos
mujeres Débora y Jael.
DEBORA
JAEL
Moisés,
aquel niño “salvado de las aguas”, había liberado al Pueblo de
Dios de los egipcios y lo había llevado a la Tierra Prometida, a
través del desierto y del mar Rojo, habiendo recibido de Dios mismo,
las Tablas de la Ley en el Sinaí, Moisés dejó como sucesor a
Josué.
La
vida del Pueblo de Dios en su nueva tierra era difícil, eran
combatidos constantemente por los pueblos vecinos y todavía no
tenían una estructura de nación, entonces el pueblo rezaba y Dios
les enviaba a hombres que lo dirigían, sobre todo en los momentos
mas complicados, estos hombres fueron los “Jueces de Israel”.
Bueno pues Dios para dirigir a su pueblo y ser representante de Él,
escogió a una mujer, que también representaba al pueblo ante su
presencia, esta fue la tercera juez de Israel.
Débora,
que así se llamaba era esposa de Lapidoth y tenía el “alma
ardiente”, era profetisa y aconsejaba al pueblo bajo una palmera en
Efraín, tenía un general que se llamaba Barac y en aquel momento
había una guerra con los cananeos, Barac fue a comunicarle a Débora
que el ejercito enemigo era muy fuerte y que su general llamado
Sísara era muy temible. Débora entonces no dudó en acompañarle a
la batalla, pero le dijo que la victoria no sería de él. Y así fue
como el gran ejército cananeo fue vencido y Sísara huyó
despavorido refugiándose en la casa de Jael, esposa de Héber que
esperó a que se durmiera y lo mató clavándole una estaca en la
cabeza.
Y María terminó.
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